Entrar en los procesos de transformación de
Denis Levant en “Holy Motors”, es como entrar en el proceso mismo de la
transformación del cine (o en la máxima destrucción de este arte en plena
evolución siglo XXI). Porque esta última magistral
obra del francés Leos Carax, se ubica por detrás de la audiencia, en alguna
celestial butaca que le permite ver su propia película y controlarla desde
donde esté; abusar de su personaje, asesinarlo y revivirlo, y mantenerlo
suficientemente cuerdo como para comprender que está trabajando para “Holy
Motors”, la película que estamos viendo.
Denis Levant mastica la flor de sus entrañas, para
interpretar a cual personaje venga en gana, incluso al padre de una familia de
monos de suburbio. Construcción y deconstrucción de personaje; estamos frente
al espejo de este actor que se produce de mundo en mundo, de piel en piel, como
si se tratara de hacer funcionar, en una sola entidad, un sinfín de
personalidades, y con la perfección de un guión seguido al pie de la letra; es
la regla.
La rebelde estructura de este relato, parecido a
películas como “Paseando a Miss Daisy” de B. Beresford
,“Collateral” de Michael
Mann o la más reciente “Cosmópolis” de Cronenberg (cualquier comparación es
solo una broma), nos atrae hacia un paisaje cinematográfico hiper-heterogéneo,
que nos empuja hacia una orgia mitológica en tercera dimensión, o al famoso
cementerio “Pere-Lachaise”, o hasta un romántico musical suicida con Kylie
Minogue, y mucho más. El único espacio común y quizás lo único “verídico” o
“natural”, entre los constantes cambios de locación, es el escenario de la
limosina, el camarín movible. Ahí vive Denis Levant y sus diversas amputaciones
de carácter. Es en esta reducida pero expandida zona neutral, en donde estamos
frente al drama de cambiar, en donde somos sensibles al proceso de ser un
personaje o varios; vivimos esa etapa del cine, esa que está detrás siempre de
nosotros, y nos miente con el fin de emocionarnos, con el fin de disfrazarnos.
“Holy Motors” es el trabajo de vivir en miles de
caras, es el cine en miles de caras, fotogramas del pre-cine y sensores de
movimiento corporal del cine actual. Y es el nexo que las une, el que las
denuncia. La metamorfosis del rostro de una película, la piel que madura, el
pellejo que cae y la nueva vida, el nuevo escenario, la nueva proyección.
El cine avanza. El presupuesto aumenta para
películas que piden, por ejemplo, la predisposición de Eva Mendes y su belleza
física religiosamente tapada. A esa clase de ideas les están regalando
limusinas de lujo. Y tipos como Carax las devuelven hablando. “Holy Motors” es
un homenaje y una burla al cine, y esa es la manera más sugerente para que crezca, mejor aún,
mute en algo inesperado.
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