jueves, 28 de febrero de 2013

Crítica: "Holy Motors". Miles de caras.



Entrar en los procesos de transformación de Denis Levant en “Holy Motors”, es como entrar en el proceso mismo de la transformación del cine (o en la máxima destrucción de este arte en plena evolución siglo XXI). Porque esta última magistral obra del francés Leos Carax, se ubica por detrás de la audiencia, en alguna celestial butaca que le permite ver su propia película y controlarla desde donde esté; abusar de su personaje, asesinarlo y revivirlo, y mantenerlo suficientemente cuerdo como para comprender que está trabajando para “Holy Motors”, la película que estamos viendo.

Denis Levant mastica la flor de sus entrañas, para interpretar a cual personaje venga en gana, incluso al padre de una familia de monos de suburbio. Construcción y deconstrucción de personaje; estamos frente al espejo de este actor que se produce de mundo en mundo, de piel en piel, como si se tratara de hacer funcionar, en una sola entidad, un sinfín de personalidades, y con la perfección de un guión seguido al pie de la letra; es la regla.



La rebelde estructura de este relato, parecido a películas como “Paseando a Miss Daisy” de B. Beresford 
,“Collateral” de Michael Mann o la más reciente “Cosmópolis” de Cronenberg (cualquier comparación es solo una broma), nos atrae hacia un paisaje cinematográfico hiper-heterogéneo, que nos empuja hacia una orgia mitológica en tercera dimensión, o al famoso cementerio “Pere-Lachaise”, o hasta un romántico musical suicida con Kylie Minogue, y mucho más. El único espacio común y quizás lo único “verídico” o “natural”, entre los constantes cambios de locación, es el escenario de la limosina, el camarín movible. Ahí vive Denis Levant y sus diversas amputaciones de carácter. Es en esta reducida pero expandida zona neutral, en donde estamos frente al drama de cambiar, en donde somos sensibles al proceso de ser un personaje o varios; vivimos esa etapa del cine, esa que está detrás siempre de nosotros, y nos miente con el fin de emocionarnos, con el fin de disfrazarnos. 

“Holy Motors” es el trabajo de vivir en miles de caras, es el cine en miles de caras, fotogramas del pre-cine y sensores de movimiento corporal del cine actual. Y es el nexo que las une, el que las denuncia. La metamorfosis del rostro de una película, la piel que madura, el pellejo que cae y la nueva vida, el nuevo escenario, la nueva proyección. 

El cine avanza. El presupuesto aumenta para películas que piden, por ejemplo, la predisposición de Eva Mendes y su belleza física religiosamente tapada. A esa clase de ideas les están regalando limusinas de lujo. Y tipos como Carax las devuelven hablando. “Holy Motors” es un homenaje y una burla al cine, y esa es la manera más sugerente para que crezca, mejor aún, mute en algo inesperado.


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