En “Amour”,
Michael Haneke continua su escalofriante pureza narrativa, en este caso, en
respeto de la decadencia física y emocional, de una pareja de la tercera edad.
Fríos, lentos, sinceros encuadres, que repiten el mismo sentir de la
sanguinaria filmografía del director. Haneke
apuesta por un relato sobre el afecto y dedicación hacia un ser amado, pero siempre
sometido a la frontal perversidad que lo caracteriza.
La ternura de cada caricia o abrazo, las resplandecientes miradas de los amantes, el sufrido acompañamiento de George y Anne; no acusa algún juicio o dramatismo sobre el afecto, la enfermedad y la muerte. La honestidad de cada plano, la tormentosa paz del departamento, en donde los cuerpos hacen un denso viaje místico hacia transformarse en espíritus de ese inmueble parisino.
La ternura de cada caricia o abrazo, las resplandecientes miradas de los amantes, el sufrido acompañamiento de George y Anne; no acusa algún juicio o dramatismo sobre el afecto, la enfermedad y la muerte. La honestidad de cada plano, la tormentosa paz del departamento, en donde los cuerpos hacen un denso viaje místico hacia transformarse en espíritus de ese inmueble parisino.
Anne
queda en silencio y no suena una sola nota de piano. La catarsis sonora de
“Amour” sigue el intermitente caminar y finalmente deterioro del personaje de
Emanuelle Riva. Ella es una retirada profesora de música clásica, y esto pesa
en su malestar. La fuerte imagen del piano abandonado, tocado si quiera en la
imaginación de George, que no es más que una radio; o el talentoso exalumno que
apenas recuerda la melodía que adora Anne. Todo en favor o castigo de la fría
decrepitud representada, el fallecimiento.
“Amour”
comienza con una situación policiaca, con el descubrimiento de un horrendo y
pasional crimen. Lo que sigue, es el aprisionamiento a resolver este aparente
asesinato, que en su concluyente respuesta, nos damos cuenta, no se trata de
algún asunto de detectives o huellas de crimen, más bien, esto tiene que ver
solamente con el amor. La introducción, no es más que el macabro sello del
director, y la cortina que se abre, hacia una historia muy fuerte sobre una
anciana muerta venerada entre flores y una ventana abierta al vacío.
Michael
Haneke no deja de aterrarnos con su nueva película extrañamente oscarizada.
“Amour” no guarda tantos misterios como “La cinta blanca” (que en su caso
retrata los terribles cimientos de la Alemania pre-nazi), sin embargo, es
también un retrato terrorífico, ahora sobre la tristeza. Retrato horrendo que
parece no deja lugar para el amor, no obstante, ese es precisamente el lugar
donde sucede esta historia.
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