Empieza
“The Master”, aparece Freddie Queel, un hombre de columna agachada, “huesudo”,
de rostro arrugado aunque joven, y mirada imperfecta. Su postura encorvada, de
pronto, no parece ser un simple fenómeno de su cuerpo; hay algo más que está
retorcido en él. El lente de la cámara es angular, definitivamente hay algo más. La playa llena de hombres y una sola mujer, que es de arena,
Freddie se echa para “hacerle el amor”. Él está vacío, lo ha vaciado la guerra,
como a muchos combatientes, que están resignados a vivir en un mundo facilitado, pero no pensando por ellos. Este desamparado escenario trae un nuevo
enfrentamiento: los escombros ideológicos, religiosos, de los años cincuenta y
adelante. Freddie es hábil en la preparación de un extraño brebaje,
casi asesino; es su mayor aporte a esta sociedad con resaca. También puede estar detrás de una cámara, y hacer perfectos retratos del estadounidense ideal; para nada como él, quizás por eso termina por hartarse del trabajo.

Escape
hacia el barco. Es el tiempo de sectas organizadas, del negocio de la limpieza
espiritual, de la metodología patentada, escrita, sacramentada, para la cura
del alma, que en estas épocas no es más que parte de la estructura de la
incertidumbre política e intelectual. Lancaster Dood (L. Ron Hubbard), escritor
de “La causa” (“la cienciología”), dirige, piensa esta agrupación, y la siembra
principalmente en las clases altas (sabemos a futuro cuáles fueron las
consecuencias en el Hollywood contemporáneo). Freddie, tras algunos problemas, despierta
en el barco del líder de esta iglesia. Ahí se conocen este y Lancaster. El “veneno”
que el desubicado prepara, los estimula, acerca sus distintas personalidades y
estados actuales, los sienta con fraternidad en la mesa, hacia el “juego” de
las preguntas, la entrevista psicológica, y de inmediato, el brebaje es una
adicción y la relación una obsesión.
El revoltoso pasa a ser el protegido del maestro,
es su nuevo espécimen. Pues el fugitivo no es otro conejillo de indias para la
fórmula, es todo un perro chusco perdido en busca de carne, y Lancaster ve la
oportunidad de poner a prueba, hasta el límite, su metodología, darle control a
Queel, sobre algo que en él está despedazado, su infinito espíritu.
Lo que
deviene es la tortura de Freddie por lograr ser un tipo funcional, saber si es
lo suficientemente estable para la sociedad vislumbrada por la iglesia de la
cienciología (jamás se sugiere en la película, pero…). Sin embargo, él no está
para nadie, no tiene familia, tiene un pasado amoroso que hoy significa nada,
es apenas, un siervo rabioso de un discreto filósofo de ideas escondidas en el
desierto. No tiene más y su base es imaginería burguesa y barata de la nueva
mitad del siglo, poderosa ambigüedad. ¿Es capaz Freddie de caminar de una pared
de madera a una ventana, es capaz de eso, es posible que se enfoque
completamente en esa acción?, ¿puede acaso mirar a una persona sin perder la
atención, ni lanzar una sonrisa, durante un buen rato?, ¿puede responder con
absoluta sinceridad una y otra vez las preguntas de la entrevista de
Lancaster?. Y este método, ¿es legal?. Paul Thomas Anderson, deja, en medio de
la terapia, retazos de la falsedad, estafa, vacua creencia, que las autoridades
penalizaron en un momento, y luego permitieron construir enormes escuelas.
Paul
Thomas Anderson, hace su película más elegante, bella, mejor cuidada
(espléndida dirección de arte), mejor filmada, mejor actuada, pero también es
su obra más ambigua, más desoladora. Mucho más que “Petróleo sangriento”. El
ejercicio de “autotragarse” que aplica al personaje de Joaquin Phoenix, es
terrible, de lo más tétrico de su cine, jamás un personaje estuvo tan
desdoblado como aquel, en todos los sentidos. Estamos en el medio de la digestión
mental de un hombre y de toda una época. Retrato sutil y deprimente del ser
humano, tan arrebatado de vida que no le queda otra que señalar una roca en el
horizonte, como destino, la búsqueda de camino, al encuentro de nada.
Lancaster, tras la presentación de su inédito libro, es solo un hombre sentado,
desgastado, sin ganas de representar la cabeza sagrada de una religión en sus
orígenes y por ende con fieles demasiado ansiosos; él, tras la misa, los
ahuyenta si se le acercan, como un dios real, cansado de milagros.
El
resultado final de la causa, es una iglesia que crece a través del mundo, y un
hombre solo que desaparece debajo de una mujer de verdad, y luego recostado
sobre una mujer de arena.
X: "The Master" es la mejor película del año, nada más que hacer. Sin dudarlo pudo haberse llevado fácil el Oscar a mejor película, lo cual se lo podemos pasar, pero no darle al menos la estatuilla a Joaquin Phoenix, ya es dudoso cienciólogos.